La insoportable levedad del gobierno Santos

Cuantos paros agrarios nacionales se necesitaran para que el gobierno “light” de Juan Manuel Santos rectifique su posición sobre la negociación de La Habana?

Quien lo creyera, el resultado y el éxito político del paro agrario en el que participaron miles de sencillos labriegos del campo no fue tanto el contenido de unos acuerdos con unas promesas que quien sabe cuando se cumplirán sino lo que se acaba de desatar en relación con la aplicación del fallo de La Haya sobre San Andrés.

La caída en picada de la popularidad del Presidente que lo deja en las encuestas con apenas un 21% constituye una clara advertencia del nuevo rol de la ciudadanía en la problemática nacional. Aunque, aparentemente, la lucha de nuestros humildes campesinos por mejores condiciones en su actividad productiva no tenga nada que ver con la aplicación del fallo de La Haya lo cierto es que existen, en el subsuelo social, unos vasos comunicantes muy esperanzadores para el rediseño institucional de la democracia colombiana.

La levedad extrema, el carácter “light” del actual gobierno, la inconsistencia e improvisación de sus políticas han tenido la virtud de poner en evidencia profundas fallas en el sistema político. Definitivamente no se puede gobernar bien vendiendo ilusiones, dependiendo de las encuestas y haciendo espectáculo mediático cada vez que el Presidente mete la pata. Y como la mete seguido la cosa se vuelve inmanejable.

Gobernar responsablemente, gobernar bien, con criterio moderno e incluyente implica definir metas y propósitos claros en el horizonte de mediano y largo plazo. No improvisando como sucedió con la reforma a la justicia, con el alargue del periodo a seis años, con las cien mil viviendas, con las conversaciones de La Habana, con el fallo de La Haya, con el Referendo, con la seguridad democrática, con el paro agrario. Gobernar “light”, gobernar con titulares de prensa, gobernar para la galería es debilitar estratégicamente al país.

Juan Manuel Santos fue elegido para profundizar un programa de gobierno que los colombianos apoyamos mayoritariamente durante los ocho años de gobierno del Presidente Álvaro Uribe. Ese programa hace parte de un cuerpo de doctrina cuyas cinco principales columnas son la seguridad y la tranquilidad del ciudadano, la confianza para la inversión y el estimulo al emprendimiento económico, la lucha contra la pobreza, la desigualdad y el avance en la cohesión social, la austeridad y el rigor en el manejo del recurso público frente a los hábitos derrochones de la clase politiquera y por supuesto el dialogo social como aspecto esencial de la democracia representativa.

Un cuerpo de doctrina como este se soporta en el apoyo de unas mayorías ciudadanas mucho más consientes y participativas dispuestas a forjar su propio futuro. Es la búsqueda permanente de una institucionalidad incluyente que abra las puertas del desarrollo para todos y que derrote la violencia como principal factor de atraso desde el siglo XIX. En las nuevas circunstancias en que se debate el país no se puede negociar con una violencia obsoleta, representativa del atraso y verdadero freno para el salto adelante que hace varias décadas ha debido dar nuestra sociedad. Esa violencia hay que supeditarla y someterla al interés y al anhelo de los 45 millones de Colombianos expresado en el monopolio legítimo de la fuerza ejercida por un sistema político cohesionado por la voluntad democrática mayoritaria de la ciudadanía. De esa ciudadanía que se expresa en un permanente descontento frente al gobierno alejado de la realidad y distante de sus angustias.

Ahora Juan Manuel Santos en lugar de exigir a las FARC la entrega de las armas y el cese de sus actividades belicosas, se propone hacer aprobar en el Congreso un referendo para usarlo como señuelo el mismo día de las elecciones legislativas con la intención tramposa de beneficiar a los candidatos clientelistas de la mermelada. Y en lugar de someter a la justicia a los responsables de delitos de lesa humanidad anuncia que se va a la ONU a rogarle a la comunidad internacional que intervenga ante la Corte Penal Internacional para que no opere la jurisdicción internacional y triunfe la impunidad.

Ante los graves errores y equivocaciones políticas y de apreciación en que se ha incurrido por parte del gobierno en las negociaciones de La Habana, seguramente no tardara en aparecer la impetuosa protesta ciudadana, con mayor vigor y fuerza que el propio paro agrario, para impedir que el país sea sometido a los designios de las FARC. Es la fuerza de la ciudadanía interviniendo para retomar el rumbo y trazar su propio destino.

La insoportable liviandad del gobierno Santos puede desinstitucionalizar al país mucho más que la trágica violencia padecida por generaciones enteras de colombianos.

El escritor checo Milan Kundera en 1984 publico “La insoportable levedad del ser”, una novela de amor entrelazada con el trágico papel del partido comunista en la sociedad Checa. Y refiriéndose a los interrogantes filosóficos que permanentemente acompañan a los seres humanos y sus instituciones, señalaba que desde Parménides en el siglo sexto antes de Cristo, se plantea el cuestionamiento entre la levedad y el peso. Y se preguntaba cuál de estos es mejor, sentirse con el peso de las responsabilidades y la vida, y que a su vez hacen que el ser sea más real, o la levedad en sus actos, que lo aparta del mundo y lo convierte en más ligero que el aire.

No hay duda, el gobierno de Juan Manuel Santos es más ligero que el aire y tan irresponsable con el destino de Colombia que lo mejor es propinarle una contundente derrota en las elecciones del 2014.

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