Oscuro Abril, la obra que relata en detalle los acontecimientos ocurridos en las elecciones presidenciales del 19 de abril de 1970

Preliminar

A través de un relato histórico que se nutre de los testimonios y las anécdotas de diferentes personalidades colombianas que vivieron el minuto a minuto de las controvertidas elecciones presidenciales del 19 de abril de 1970, desde diferentes esquinas ideológicas y distintos lugares del país, se narran los hechos ocurridos en aquella inolvidable fecha en que la ciudadanía fue convocada a manifestarse democráticamente para elegir al futuro Presidente de la República.

Este episodio, junto con el proceso de paz firmado por el Gobierno de Virgilio Barco y el M-19 en 1990, con un nexo de causalidad indubitable, constituyen dos hitos de la historia que fueron determinantes para el futuro político de Colombia, hasta nuestros días.

En el ambiente de la época se caldeaba un descontento popular generalizado que veía con recelo y desconfianza el pacto celebrado entre los Partidos Políticos Liberal y Conservador, conocido como el Frente Nacional, que ya había puesto a tres presidentes y se disponía ahora a elegir un cuarto.

Por la Alianza Nacional Popular –ANAPO–, partido político que había sido creado en la década de los años sesenta por el General Gustavo Rojas Pinilla y sus seguidores, se postuló como candidato para convertirse en primer mandatario colombiano, durante el periodo que comprendía los años de 1970 a 1974, el General Rojas Pinilla, quien ya había sido presidente de la República después de producirse el golpe de Estado de 1953 –lo que fue en realidad un golpe de opinión gestado por los dos partidos tradicionales– en contra del entonces presidente Laureano Gómez.

Entre los candidatos de aquella contienda, se encontraban también, el candidato frentenacionalista Misael Eduardo Pastrana Borrero, conservador, y quien finalmente se proclamó como ganador, y los conservadores Belisario Betancur y Evaristo Sourdis, que hicieron su postulación como disidentes.

El escrutinio de los votos por parte de la Registraduría Nacional se vio manchado por las múltiples irregularidades que fueron denunciadas desde diferentes rincones del país. La cuestionada jornada derivó en un profundo descontento popular que acabó años más tarde convirtiéndose en la célula que le dio vida al Movimiento 19 de abril, M-19.

La obra Oscuro Abril, escrita por las periodistas María Ximena Plaza y Sandra Rodríguez Novoa, es una investigación que recopila elementos e historias anecdóticas de la época, refrescando la memoria de las nuevas generaciones, al recordar aquella fecha tan importante para la historia reciente de nuestro país.

Sus páginas narran, entre muchas otras, las historias de los hechos que vivió uno de los personajes por ellas entrevistados, Everth Bustamante García. Para la época en que sucedieron los acontecimientos, Everth era un joven de apenas 21 años de edad que daba sus primeras pisadas en la política. Tras un resultado exitoso en la primera jornada de aquel 19 de abril, al ser elegido como uno de los concejales más votados del municipio de Zipaquirá, los sucesos que tuvieron lugar en la noche de ese oscuro abril y en la mañana siguiente, cambiarían por completo el destino de sus pasos.

Carlos Daniel González

Bogotá D.C., 20 de julio, 2020

NOTA: A continuación, se reproducen textualmente algunos fragmentos del libro “Oscuro Abril”, de sus Capítulos IV y V, en donde se plasman las anécdotas que vivió y contó Everth Bustamante, así como sus opiniones personales respecto de lo que ocurrió aquel memorable 19 de abril de 1970.


Capítulo IV – La fractura de nuestra política (pp. 56 y 57)

«Everth Bustamante García (1949)

Ha vivido la política colombiana desde sus distintas esquinas ideológicas. Empezó su carrera como concejal liberal del belisarismo en el municipio cundinamarqués de Zipaquirá en 1970. Tras el 19 de abril, se unió a la ANAPO para defender el triunfo de Rojas y, años más tarde, fue uno de los precursores del M-19. Durante el Gobierno de Belisario Betancur, buscó el apoyo internacional para los acuerdos de paz con este grupo guerrillero. Doctor en Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Externado de Colombia, se desempeñó como asesor de la Alianza Democrática en la Asamblea Nacional Constituyente de 1991. Fue representante a la Cámara por la circunscripción regional de Cundinamarca durante el periodo 1990-1991 y alcalde de Zipaquirá de 2000 a 2004. En dos ocasiones ha sido senador de la República: la primera, a comienzos de los noventa, y la última, en 2014, cuando se presentó con credenciales del partido de derecha radical Centro Democrático.»

(pp. 96 y 97)

«Everth Bustamante García: Rojas Pinilla nunca había producido una ruptura institucional y eso pesó en la reunión de la Nunciatura. Ni siquiera en el 53, cuando asumió la presidencia, pues no se levantó en armas contra el Estado, sino que hubo un acuerdo entre los partidos para que él llegara a ser el jefe de Gobierno por la autoridad que tenía para ponerle un punto final a la época de La Violencia. Pese a que el General había logrado un respaldo mayoritario, su formación contemplaba el respeto hacia la institucionalidad y lo llevó a aceptar que el Gobierno le daría garantías en el escrutinio de votos. Pero, obviamente, era una reunión muy difícil porque Lleras Restrepo había tomado la decisión de detener a muchos líderes de la ANAPO, especialmente a parlamentarios elegidos. Entonces hubo una situación relativa de chantaje, que consistió en negociar a la fuerza, porque ya el Gobierno había detenido a unas personas a manera de rehenes.

La gente esperaba que se diera una sublevación popular. Sin embargo, el General actuó de acuerdo con su trayectoria castrense, que podía considerar una batalla electoral, mas no la insurrección por la vía de hecho. Debido a la experiencia del 9 de abril, él sentía una responsabilidad histórica para no llegar a una masacre. Se ha especulado mucho sobre ese encuentro entre Lleras Restrepo y Rojas. Yo tengo información cercana de que esa reunión no fue una traición del General a sus seguidores, porque, a pesar del bloqueo militar que se estableció sobre su casa, había gente que tenía acceso a la Residencia, como Carlos Toledo Plata, Israel Santamaría, Andrés Almarales y otros parlamentarios que nos transmitían información a los demás anapistas.

Después de la creación del movimiento armado M-19, que tuvo sus raíces en el fraude del 70, Rojas Pinilla reconoció a lo largo de una entrevista concedida a la revista Mayorías de la ANAPO que, de haber existido este grupo insurgente en la época, otro habría sido el resultado de la contienda.»

Capítulo V – El 19 entre relatos (pp. 115 -122)

«Sin importar el rincón del país, el 19 de abril de 1970 marcó a cientos de vidas, para las cuales el destino daría un giro rotundo. Muchas de ellas no tenían velas en la política, a otras les determinó el camino en las urnas.

En el municipio de Zipaquirá, con apenas veintiún años, Everth Bustamante, un liberal por tradición familiar y además belisarista, resultó inmerso en las filas de la ANAPO. Sin planearlo, ese día obtuvo la votación más alta para el Concejo Municipal, pero estaba lejos de dimensionar la responsabilidad que estaba aceptando, más cuando a su casa llegaron cerca de trescientas personas pidiendo que apoyara la defensa del triunfo del general Gustavo Rojas Pinilla. Como el mismo congresista cuenta, su madre y padre salieron a la puerta y vieron que era una manifestación de anapistas. En ese momento, él saludó a los dirigentes rojistas en Zipaquirá y la región, quienes le manifestaron que algo grave estaba pasando. Desde que inició el conteo de votos, el cundinamarqués había escuchado las noticias con atención, y estaba al tanto de que se estaba gestando una situación muy confusa alrededor del resultado electoral. “Conversé con estos dirigentes, algunos elegidos para el Concejo y otros para la Asamblea Departamental y ahí fue que ellos me pidieron que liderara la defensa de Rojas. Les dije que me dieran unos minutos para comunicarme telefónicamente con el doctor Belisario Betancur”. En la llamada, que inició con un pésame por el resultado del belisarismo, Everth le pidió autorización para sumarse al anapismo en medio de la polarización entre los seguidores de Rojas y Pastrana, a lo que el expresidente respondió: “Yo perdí las elecciones, y si hay necesidad de ayudar a la gente a defender lo que consideran que es su derecho, hágalo”.

El vínculo entre Betancur y Bustamante se remontaba a la época de las juventudes liberales de Carlos Lleras Restrepo, cuando el joven Everth creó el Centro de Estudios de Cundinamarca, sede de charlas con Álvaro Gómez Hurtado, Belisario Betancur y hasta Gilberto Vieira, secretario del Partido Comunista. Asumir el liderazgo de la ANAPO en Zipaquirá no dio espera. Everth se dirigió de inmediato a la sede del movimiento, donde empezaron a llegar rojistas de distintas veredas y municipios del departamento. A su vez, corrían los rumores de que en los Llanos y en Tolima ya se estaban preparando turbas para marchar a Bogotá como protesta. Esa noche nadie pegó el ojo. Entre llamadas, boletines de resultados, seguimiento a medios de comunicación, la organización de una eventual movilización hacia la capital e incluso el abastecimiento de alimentos, transcurrió la extenuante noche. La tensión aumentó cuando en el pueblo ya había iniciativas para hacer valer el triunfo rojista por la fuerza y a toda costa. De forma espontánea, algunas personas empezaron a armarse con palos, garrotes y elementos que pudieran servir en su defensa. “Encontrándonos en la gotera de Bogotá, sentíamos que teníamos una gran responsabilidad de detener el robo de las elecciones. Uno que otro exoficial del Ejército recurrió a su dotación, porque la ANAPO tenía un alto componente de exmiembros de la fuerza pública. La noche fue de preparación y de alerta”.

En la conocida Calle del Muerto del barrio Miradores, en Cali, apenas fueron interrumpidas las emisiones radiales, don Édgar, un vecino del exgobernador de Nariño y congresista Antonio Navarro Wolff, exclamó: “¡Estos hijueputas nos están robando las elecciones!”. Navarro era un muchacho de diecisiete años, estudiante de Ingeniería Sanitaria de la Universidad del Valle, hasta entonces lejos de la política, tuvo su primer acercamiento a esta por el contagio inevitable del contexto. Nacido en Pasto (Nariño), creció entre cinco hermanos que se mudaron en su adolescencia a la capital de Valle del Cauca huyendo de la pobreza. Navarro recuerda a su vecino como un señor de estatura baja, con una barriga que presionaba el timón de sus taxis y carácter de armas tomar. Tanto así, que les repartió revólveres a todos los hombres de la cuadra, como si fueran pandebonos. Pero a Navarro le dio la escopeta más pesada, pues a su edad podía soportar la carga. “Nos quedamos ahí haciendo nada esa noche, como en guardia, esperando a ver qué pasaba. Rojas iba con bastantes votos y amanecimos perdiendo. Yo sí pensé en ese momento que si aquí en este país a un general retirado del Ejército le hacen fraude, no existe una democracia que se pueda respetar”. La percepción de un Rojas Pinilla demasiado conciliador y tenue derrumbó el fervor en las calles de Cali. Incluso el taxista que había revolucionado a sus vecinos, decepcionado, decidió recoger sus armas y recalcó: “Denme ya las escopetas porque lo que pasó es que nos vendieron”.

Punzada al corazón

A don Agustín Rondón la frustración de la derrota de Rojas Pinilla le cayó como una punzada al corazón. Antes de percibir el sabor amargo de la pérdida, desde su tienda sobre la vía principal que atraviesa el municipio de Saldaña (Tolima) promovió la campaña de Rojas Pinilla con gran ímpetu y devoción. En medio de la conversación sobre los pronósticos del clima, comentarios de las cosechas y reclamos compartidos por la constante lucha para que el agua llegara a sus parcelas, don Agustín aprovechaba para adular las virtudes de que llegara el General al poder. Recordaba obras como el canal de irrigación Ospina Pérez y el puente de Girardot, que se habían logrado cuando Rojas había estado al frente del país. A Agustín le gustaba la política y, como casi todos en el pueblo de Saldaña, era conservador. Por eso sabía que necesitaba despertar la confianza de la mayoría de sus paisanos por la figura del General. Doña María Jesús, esposa de Rondón, recibía a los pasajeros que se bajaban de los buses con destino a Neiva, víctimas predilectas de los jejenes o de aquellos mosquitos diminutos que usualmente salían a buscar sangre fresca, de otras tierras, entre cinco y seis de la tarde.

Agustín era un hombre trigueño, de figura robusta y, con más de 1,80 metros, era el más alto de sus ocho hermanos. Siempre andaba con su sombrero aguadeño y la camisa arremangada de manera exacta encima de los codos. Con las ganancias de las cosechas de arroz mantenía a sus tres hijas. También tenía espíritu de comerciante, que combinaba con una activa vida social. Lejos de buscar reconocimiento a costa de la política, este saldañuno en realidad era un consagrado defensor del pensamiento de Rojas Pinilla. En su rol de proselitista innato, se valió de la tienda que compartía con su esposa para darles un último empujón a sus compadres en la cita del 19 de abril. Al momento de entregarles sus cervezas Bavaria, Germania y Costeña, también repartía volantes del candidato y papeletas del voto.

Y llegó ese domingo 19 de abril. Pasadas las cuatro de la tarde, con tragos en la cabeza y animado por los informes de la radio, Rondón recorrió las calles de Saldaña en tremenda algarabía, celebrando el triunfo de Rojas. En su tienda también hubo celebración con música a todo dar. Fue tal el espectáculo que armó don Agustín, que el asunto llegó a oídos del alcalde Héctor Rondón, familiar suyo, quien lo llamó a cuentas y le advirtió que no podía ingerir más alcohol y que en caso de desobedecerle, lamentablemente lo tendría que confinar tras rejas.

Así que, entre nueve y diez de la noche, se fue a su casa a dormir con la emoción inminente de la victoria. Sin embargo, cuando se levantó y le preguntó confiado a su mujer “¿ganamos?”, ella le contestó con pesar: “Mijo, perdimos”. Él se recostó en la cama y segundos después falleció. Así lo recuerda hoy su hija Magdalena Rondón, una abogada conservadora que tiene sus propias remembranzas del 19 abril de 1970. En la memoria de Saldaña la causa de la muerte de don Agustín no fue un paro cardiaco, sino la frustración de la derrota.

Y aunque la vida no le alcanzó a Rondón para afrontar el duelo, otros adeptos de la causa rojista como María Cruz Molina desahogaron su pena a través de un lamento al ritmo de “La Martina”, canción que hizo popular a Antonio Aguilar, conocido como el “Charro Mexicano”, que dice así:

El 19 de abril, antes del amanecer.

gritábamos todos juntos que con Rojas al poder.

Ninguno se imaginaba lo que nos sucedería

que nos robaran los votos en la Registraduría.

María Eugenia por la tarde,

valiente la Capitana,

fue a recobrar ese triunfo que había obtenido su padre.

Carlos Lleras y Pastrana tuvieron mucho que pensar,

apresaron a la Capitana para podernos callar.

María Cruz fue vocal de la ANAPO en Bogotá, motivada por el agradecimiento hacia Sendas y sus jornadas de repartición de panela, leche, manteca y otros alimentos a los más pobres de la capital. Esta madre de ocho hijos y esposa de un policía promocionaba las ideas del movimiento político en el barrio Versalles, localidad de Fontibón, en donde vivía. Nacida en Carmen de Carupa (Cundinamarca), era una mujer de contextura delgada, más bien menuda, estatura baja, piel trigueña y lucía su pelo negro hasta un poco más abajo de los hombros. Al ser una ama de casa, sentía que Rojas Pinilla podía brindar protección para su hogar, así como lo había hecho en el pasado no solo con mercados, sino también con educación para sus hijos.

“La ignorancia es atrevida y había gente que no se daba la oportunidad de escuchar y convencerse o no de Rojas. Pero lo que María Eugenia hizo por los pobres, la vejez y los niños es demasiado. Sendas regalaba leche a tanta gente… Uno vive tan agradecido, que solo mi Dios sabe lo que el General y la Capitana hicieron en este mundo”, comenta hoy la anapista con ya casi noventa años.

El domingo de las elecciones el plan familiar fue ir al parque central de Fontibón. Los sorprendieron unos festones de diferentes colores en el cielo. Eran las ocho de la mañana y los capitalinos les habían madrugado a las urnas. Ya entrada la tarde, Molina cuenta que sus copartidarios daban la presidencia por ganada, pero “empezaron a echar abajo a Rojas, cuando él iba sobrado en la contienda. Supimos que la senadora María Eugenia se fue a la Registraduría a reivindicar los votos del papá. Nosotros también reviramos por esos votos, pero Rojas no quiso ver sangre. Antes de que el General gobernara, las muertes se habían esparcido por todas partes, de ahí que no quería que los colombianos reincidieran en una situación de violencia”.

La intención de protesta se mantuvo durante la siguiente semana, según el senador Everth Bustamante. El lunes 20 de abril en la mañana, el zipaquireño llegó a la casa del General, junto con otros congresistas y concejales elegidos ese 19 de abril, listos a formar un comando de la ANAPO para decidir cuál era el paso a seguir.

Por primera vez cruzó palabra con la Capitana, a quien le ofreció total apoyo y le informó de los resultados electorales de Cundinamarca. Ella, por su parte, le aseguró que se estaba presentando un fraude y que había que estar alerta a las instrucciones que diera su padre.

Pese a que las horas en la sala de la residencia Rojas fueron contadas, como consecuencia del cerco militar que tuvo lugar en esa cuadra del barrio Teusaquillo, esos pocos minutos sirvieron para que políticos anapistas como Everth y los representantes a la Cámara Israel Santamaría y Carlos Toledo Plata empezaran a compartir un camino para lograr una reivindicación, esta vez desde las armas.»

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