La entrevista que le dio Everth Bustamante a Rafael Pardo, para su obra “9 de marzo de 1990”

ENTREVISTA COMPLETA

Rafael Pardo Rueda: Usted ha dicho que abandonó las ideologías…que ni izquierda ni derecha, pero a lo largo de su vida política estuvo al lado de Jaime Bateman y luego al lado de Álvaro Uribe. ¿Explique qué ha significado cada uno para Colombia?

Everth Bustamante: Pienso que el abandono de las ideologías es algo esperanzador para el futuro de la humanidad. Ellas son las principales responsables de los cientos de millones de muertos, exterminios y crímenes de lesa humanidad que tuvieron lugar durante los siglos XIX, XX y lo que va corrido del XXI en nuestro planeta. Y también lo son, en buena medida, responsables de los cientos de miles de colombianos sacrificados durante ese mismo periodo de la historia. 

Sería interminable citar el listado de lo sucedido en los cinco continentes. Y qué es lo que encontramos detrás del terror y la violencia del dogmatismo ideológico: solo intereses económicos, políticos, religiosos o militares y el sacrificio permanente de las opciones democráticas.

Jaime Bateman y Álvaro Uribe representan dos esfuerzos de lucha por la democracia colombiana desde dos ópticas diferentes.

Jaime Bateman fue uno de los primeros líderes que, tempranamente, desde el seno mismo de la guerrilla, levantó su voz crítica contra las deformaciones extremo izquierdistas de las diferentes versiones del comunismo y el socialismo internacional y su impacto perverso sobre la teoría y la práctica de las guerrillas que surgieron por los años sesentas y setentas en América Latina. Bateman, por un lado, comprendió que la lucha por la democracia en Colombia era lo fundamental; pero, por otro lado, sucesos como los acaecidos el 19 de abril de 1.970 lamentablemente lo llevaron a pensar que ésta no sería posible si no se recurría a la vía armada. Desde entonces, y hasta hoy, es mucha el agua que ha corrido bajo el puente y cincuenta años después es fácil afirmar que acertó en la primera apreciación (la democracia) y se equivocó en la segunda (por la vía de las armas). Al igual que muchos jóvenes de su generación Jaime Bateman fue un demócrata que cayó (caímos) en la trampa histórica de creer que el fin justificaba los medios.

A Álvaro Uribe lo conocí en medio de contradicciones ideológicas y políticas después de la Constituyente, cuando fuimos elegidos senadores de la República en el año 1.991, él por el partido liberal y yo por la Alianza Democrática – M-19. Construimos una amistad en la diferencia, signada por el respeto a nuestras respectivas opiniones. Después de haber interactuado con él en los más diversos temas de interés nacional a lo largo y ancho del país durante tres décadas puedo afirmar, categóricamente, que se trata de un demócrata de la más genuina extracción liberal, cuyo ideario está muy lejos de los fundamentos conceptuales e ideológicos de la denominada extrema derecha. Dadas las crisis económicas, sociales y políticas que recurrentemente, y desde hace muchos años, afectan a nuestra sociedad, Álvaro Uribe definió una ruta para su acción política más allá de las limitaciones partidarias y bajo unos parámetros claros de seguridad para la ciudadanía (en el marco del estado de derecho), inversión privada, cohesión social, pluralismo participativo y fortaleza institucional.

En una ocasión, por el año 2007, cuando me desempeñaba como director de Coldeportes y encontrándonos en un municipio al norte del departamento de Nariño adelantando un Consejo Comunitario de los que solía hacer el Presidente Uribe todos los fines de semana, las FARC se tomaron una población cercana. De inmediato el Presidente Uribe convocó en el sitio a una reunión del Estado Mayor de la Fuerza Armadas y, por alguna razón que todavía no entiendo, me invitó a que estuviera presente. Allí lo vi asumir su condición constitucional de comandante en jefe de la fuerza pública y, además de dar las órdenes pertinentes, pronunció un discurso político-militar fundado en la necesidad de garantizar la vida y los bienes de los campesinos afectados por la toma guerrillera, desarrollando las acciones militares en el marco del respeto a la ley y la constitución preservando la vida de quienes, una vez vencidos, fueran detenidos.

Recuerdo que al final de la reunión me le acerqué y le comenté que después de haberlo escuchado consideraba que en mi vida política solo había conocido a dos verdaderos demócratas con indiscutibles condiciones de jefes político-militares, él y Jaime Bateman.

Rafael Pardo Rueda: ¿Cómo recuerda su paso por el M-19?. ¿Qué inspiró a un hombre de Zipaquirá, con su formación académica y profesional, vincularse a la guerrilla?

Everth Bustamante: Muy joven, por el año 1.966, me integré a las juventudes que apoyaron la campaña presidencial de Carlos Lleras Restrepo, más tarde para las elecciones del 19 de abril de 1.970 obtuve la mayor votación al Concejo municipal de Zipaquirá por el liberalismo Belisarista y la noche de ese mismo día, previa consulta con el candidato presidencial Belisario Betancur y a instancia de los votantes anapistas de mi ciudad, que empezaban a protestar por lo que se consideraba un fraude electoral para no dejar llegar a la presidencia al General Gustavo Rojas Pinilla, asumí como jefe local de este movimiento. De ahí en adelante es otra historia porque la Alianza Nacional Popular se convirtió en el punto de encuentro donde confluimos distintas vertientes ideológicas y políticas que algunos meses más tarde darían lugar a lo que el país conoció como el Movimiento 19 de Abril (M-19).

El contexto local era de una fuerte agitación social en la región, originada en un cambio dramático en la producción de la sal, que desde siempre se había obtenido en los hornos instalados en la periferia de las minas de sal. Por esos años su obtención migró a una producción industrial con la instalación de la Planta Colombiana de Soda en donde se alcanzó a producir, con los derivados de la sal, algo más del 35% de las materias primas para la producción nacional. Además del sector trabajador ligado a la producción de la sal fue emergiendo un fuerte movimiento obrero vinculado a la industria del vidrio, la cerveza, el sector eléctrico, los servicios y el campesinado productor de leche, papa, trigo, cebada, hortalizas y las primeras floristerías, sectores todos estos a los cuales me vinculé en sus luchas gremiales como abogado experto en asuntos laborales.

Todos estos factores propios del contexto regional, económico, social y político de la época, más las circunstancias de orden nacional, me fueron empujando hacía una militancia radical y activa que tomó forma con la creación del M-19 en el seno de un amplio movimiento de masas conformado por la Alianza Nacional Popular y otras expresiones sociales y políticas.

Rafael Pardo Rueda: Hablemos un poco de esas décadas. ¿Cómo recuerda el país de ese momento?

Everth Bustamante: Desde los años sesentas hasta los noventas tenemos tres décadas muy complejas, en general, para la sociedad colombiana.

Un Frente Nacional hasta el año 1.974 que solo alcanzó parcialmente los objetivos  que se había fijado, sin que pusiera término a la confrontación violenta; se superó en gran medida la violencia bipartidista liberal-conservadora, pero se dejaron intactas las semillas que fueron incubando la violencia social y en especial la violencia originada en el narcotráfico, la delincuencia común y el paramilitarismo.

El florecimiento de la guerrilla en Colombia, en el marco de la guerra fría, determinó unas características variopintas de estos movimientos armados que fueron desapareciendo a medida que desaparecían sus referentes internacionales, con la excepción de las FARC y del ELN que sobreviven a la caída del muro de Berlín gracias a sus vínculos estrechos con el fenómeno del narcotráfico y la minería ilegal. Los esbozos de modelos políticos que pregonaban estaban plagados de generalidades sobre la lucha de clases, la pobreza, la desigualdad y sus escasas referencias a la democracia solo atinaban a plantear un igualitarismo propiciado y garantizado desde el unanimismo partidario y el autoritarismo del poder, amén de sus acostumbradas prácticas para resolver sus contradicciones y diferencias ideológicas y políticas por la vía de la liquidación física del contrario.

El M-19 buscó combatir muchas de estas desviaciones y prácticas perversas pero finalmente se vio arrastrado al mar rojo de la confrontación violenta desatada por la vorágine de distintos orígenes. 

El florecimiento de la guerrilla en Colombia, en el marco de la guerra fría, determinó unas características variopintas de estos movimientos armados que fueron desapareciendo a medida que desaparecían sus referentes internacionales

La incidencia del narcotráfico en el horror violento de estas décadas fue determinante. Jaime Bateman solía decir que el día que el narcotráfico penetrara la guerrilla con su dinero ¨…a este país se lo llevaría el putas¨, así se lo advirtió al Presidente Alfonso López Michelsen en una reunión con Omar Torrijos en Panamá y a los pocos meses de este comentario el Banco de la República abrió lo que se conoció como la ¨ventanilla siniestra¨ que permitía recibir dólares sin preguntar por su origen.

En estas tres décadas la presencia de la institucionalidad fue débil e insuficiente, los Planes Nacionales de Desarrollo que adoptaron los gobiernos de López, Turbay, Betancur y Barco se quedaron cortos frente a la magnitud de problemas tan graves como la pobreza y la desigualdad, la guerrilla profundizó su lucha armada sin un norte claro, el narcotráfico navegó cómodamente en las aguas de la ilegalidad y la institucionalidad haciendo metástasis en todos los órganos del cuerpo social.

Fueron tres décadas en medio de una violenta tormenta política, económica y social que disminuyó sus vientos huracanados bajo el influjo de dos hechos de indudable importancia histórica: 1) la comprensión por parte del M-19 y otras fuerzas guerrilleras sobre la inviabilidad de la lucha armada y su reingreso a la sociedad para contribuir en la construcción de democracia y, 2) la convocatoria y realización de la Asamblea Nacional Constituyente que permitió un nuevo contrato social mediante la adopción de la Constitución de 1.991.   

Rafael Pardo Rueda: ¿Cómo recuerda ese viaje que hicimos a Caracas a conversar con Gabo y Carlos Andrés Pérez?

Everth Bustamante: Si, recuerdo que el miércoles 8 de noviembre de 1.989 viajé a Caracas y apenas cuando estaba abriendo mis maletas en el hotel entró una llamada. Al otro lado de la línea estaba Gabo, quien gratamente sentenció: ¨duerma bien que mañana nos reunimos en Palacio con el Presidente Carlos Andrés Pérez y la comisión negociadora que representa al gobierno colombiano¨. No había terminado sus palabras cuando ya me encontraba sumergido en un profundo sueño. Al día siguiente, muy temprano, encontré en el lobby del Hotel a Rafael Vergara, nuestro representante en México, totalmente pálido y sin dormir, pues venía de Santo Domingo (Cauca) para asistir a la reunión organizada por Gabo, pero con el inconveniente que se le habían perdido los ¨papeles¨ viéndose obligado, por lo tanto, a entrar clandestinamente a Venezuela.

En la tarde de ese día me reuní con Gabo en la suite del hotel donde se encontraba hospedado para ultimar detalles de los temas que serían tratados en el encuentro de la noche. A las ocho en punto de la noche, llegué acompañado de Rafael Vergara al Palacio de Miraflores. De inmediato nos hicieron pasar a una sala en donde encontramos a Gabo acompañado por el Presidente Carlos Andrés Pérez. A los pocos minutos se hicieron presentes Rafael Pardo, que en su condición de Consejero dirigió las negociaciones de paz, Ricardo Santamaría integrante de su equipo y el Embajador de Colombia en Caracas Gustavo Vasco. Después de intercambiar algunas anécdotas típicas de los dos países, el Presidente Pérez destacó el papel de Gabo en la búsqueda de la paz y resaltó la importancia nacional e internacional de los acuerdos. Luego se introdujo en un análisis de las relaciones históricas entre los dos pueblos y expresó su decisión de comprometerse en el acompañamiento del proceso que estaba en marcha.

Rafael Pardo hizo un recuento detallado de los aspectos fundamentales de los acuerdos y, finalmente, antes de hacer un brindis, el Presidente Pérez anunció algo que contagió de entusiasmo la reunión: ¨tal como lo he hablado con Gabo  y varios Presidentes seguiré conversando con Willy Brandt para que acepte presidir la Comisión Internacional que reciba las armas del M-19¨. Gabo tomó la palabra y advirtió los riesgos de una oposición a los acuerdos de algunos sectores que desconfiaban de la sinceridad del M-19. Manifestó que conocía de cerca el pensamiento de Carlos Pizarro y de la mayoría de los dirigentes del movimiento y que por eso estaba seguro que se le cumpliría al país con lo acordado. Rafael Pardo asintió y dijo que después de haber conocido a la dirigencia del M-19 estaba convencido de su compromiso con el fortalecimiento de la democracia en Colombia y su diferencia conceptual con las guerrillas influidas por los movimientos comunistas. La velada se alargó en medio de un delicioso recorrido por los recovecos de la poesía, la literatura, la pintura y la política mundial. Al final, expresando mucho optimismo por lo que sucedería en los próximos días, nos despedimos del Presidente y nos fuimos a cenar con Gabo y el Embajador Vasco.

Rafael Pardo asintió y dijo que después de haber conocido a la dirigencia del M-19 estaba convencido de su compromiso con el fortalecimiento de la democracia en Colombia

En esa noche caraqueña, sabiendo que Gabo había estudiado el bachillerato en mi ciudad natal, intencionalmente le comenté que era de Zipaquirá. De inmediato advertí en su rostro el alumbramiento de sus recuerdos juveniles que se dispararon llenos de palabras y añoranzas por sus primeras inquietudes literarias y sus primeros amores. Leyendo sus memorias, comprendí la iluminación de su rostro y la importancia que tuvieron aquellos años en su vida de escritor.

Rafael Pardo Rueda: ¿Qué cree que hizo posible que el proceso de paz, de ese entonces, fuera factible y tuviera el consenso de la sociedad?

Everth Bustamante: Creo que, en lo esencial, fueron dos los factores que hicieron posible los acuerdos de paz de 1.990 y que terminaron rodeados por un amplio consenso por parte de la mayoría de los colombianos.

El primero tiene que ver con la concepción, el enfoque, la valoración, los límites y el alcance que el gobierno del Presidente Virgilio Barco le otorgaba a un posible acuerdo de paz con el M-19 y otras organizaciones guerrilleras. 

Un aspecto clave que, creo, siempre lo tuvo claro el Presidente Barco es que no consideraba que un acuerdo de paz fuera un paso trascendental para asegurarse un sitial en la historia y por esa razón el país nunca lo vio obsesionado con lograr un acuerdo de paz a cualquier costo. Esa tranquilidad le permitió actuar en el marco de una negociación que nunca amenazó la columna vertebral del estado de derecho, la constitución nacional y la ley.  

Se hizo mucho énfasis en el rigor de un proceso de reinserción ordenado y de pleno cumplimiento a la base guerrillera del M-19 y de las otras guerrillas; se implementaron unos esquemas de seguridad que con excepciones muy dolorosas y costosas cumplieron con el objetivo de proteger la vida de la militancia y de gran parte de la dirigencia; con fundamento en la ley 77 del 22 de diciembre de 1.989 se determinó la situación jurídica de cada uno de los integrantes del M-19 y si de acuerdo con las investigaciones individuales adelantadas por los jueces de la República no se nos encontraba responsables de delitos atroces o de lesa humanidad se procedía a dictar auto de cesación de procedimiento con sujeción estricta a la Constitución de 1.886 y el ordenamiento jurídico colombiano. Se tramitó en el Congreso una ley que acogía varios aspectos de los acuerdos y, en especial, el que creaba una jurisdicción especial de paz para facilitar la representación del nuevo movimiento político en los cuerpos colegiados pero esta se hundió, a mediados del mes de diciembre de 1.989, al percatarse el gobierno que un sector del Parlamento le había colgado unos artículos que favorecían al narcotráfico.   

Un aspecto clave que, creo, siempre lo tuvo claro el Presidente Barco es que no consideraba que un acuerdo de paz fuera un paso trascendental para asegurarse un sitial en la historia

El segundo factor tiene que ver con el profundo replanteamiento político y militar que hizo el M-19 producto de un paciente proceso de reflexión que se desato como consecuencia de los graves errores políticos y militares que se cometieron con motivo de la toma del palacio de justicia en noviembre de 1.985 y dos o tres  años posteriores a este trágico hecho.

La decisión de dejar las armas, de abandonar la lucha armada como un medio para llegar al poder no fue fácil, requirió de mucha discusión, de mucha reflexión y especialmente de mucha persuasión. Vimos cómo a lo largo de la historia y especialmente en el siglo XX para las ideologías mesiánicas, entre ellas el comunismo y las guerrillas que surgieron bajo su patrocinio y amparo en diferentes partes del mundo, el fin deslumbrante de imponer una sociedad igualitaria, sin explotadores ni explotados, sin ricos ni pobres, en paz y plena felicidad, justificaba la utilización de la violencia y de las armas como medio para llegar al poder. Afortunadamente el origen no marxista del M-19 permitió una mejor comprensión de que no todo fin justifica los medios, sino que estos deben justificarse por sí mismos, o sea, por su rectitud moral y también, aunque no exclusivamente, legal, ya que el ámbito de la moralidad es mucho más amplio y, por supuesto, más importante que el de la legalidad. En el fondo de esta decisión, sin duda alguna, prevaleció la naturaleza democrática que se encontraba en el origen mismo del M19. 

Esto explica, de alguna manera, dos hechos que pusieron a prueba la seriedad del compromiso irrenunciable con la paz por parte del M-19. El primero, cuando se hundió en el Congreso la ley que creaba una jurisdicción electoral especial de paz y sin  garantía alguna el 9 de marzo de 1.990 firmamos el acuerdo de paz y tres días más tarde concurrimos a las urnas sin ventaja alguna y en condiciones de ¨igualdad¨ con los experimentados partidos tradicionales en materia electoral. El segundo cuando en un vuelo que se dirigía a Barranquilla, en abril de 1990, asesinaron a Carlos Pizarro comandante histórico del M-19, y a pesar de la desolación y el dolor que produjo este crimen execrable el M-19 respetó el cumplimiento de los acuerdos y no retomó las armas. 

A lo anterior se sumaba la aceptación cada vez mayor entre nuestra dirigencia del arribo de una nueva realidad que había llegado para quedarse. El mundo y la vida de los seres humanos estaban recibiendo las primeras señales de unos cambios producidos por una revolución científico-tecnológica que recién se estaba incubando en el tejido social a nivel global que no sabíamos quién la dirigía, ni cuánto duraría, ni cuál sería su impacto en la vida cotidiana, económica y social de cada ser humano. Las ideologías y los sistemas políticos empezaban a rezagarse frente a los cambios producidos por la ciencia y la tecnología.

En el fondo de esta decisión, sin duda alguna, prevaleció la naturaleza democrática que se encontraba en el origen mismo del M19. 

El modelo de paz escogido por el gobierno de Virgilio Barco, la conformación de un equipo negociador integrado en su mayoría por jóvenes inquietos y visionarios encabezados por Rafael Pardo y la decisión clara e indeclinable de renunciar a las armas y trabajar en la construcción de una democracia más sólida, llenó de confianza el sentimiento de los ciudadanos y desató un gran consenso en amplísimos sectores de la sociedad colombiana.

Rafael Pardo Rueda: ¿De ese proceso, cuáles lecciones aplicaría hoy para la resolución de conflictos?

Everth Bustamante: En primera instancia, los gobiernos que busquen la resolución de conflictos deben hacerlo teniendo claro que el modelo de negociación tiene unas líneas rojas morales y legales que devienen de la legitimidad del estado de derecho que representan y que nunca deben transgredirse. En Colombia no estamos frente a un estado inviable o fallido, ni las fuerzas de la guerrilla han triunfado en el campo de batalla, es decir, nunca han estado a punto de tomarse el poder e imponer un nuevo ordenamiento y una nueva legitimidad. El M-19, en el momento de los acuerdos, se sometió al escrutinio del ordenamiento jurídico fundado en la Constitución del 86 y en hechos trágicos como la toma del Palacio de Justicia quienes tomaron la decisión o participaron en la acción guerrillera pagaron con sus vidas.

Para que el proceso tenga posibilidad de éxito debe verificarse la genuina voluntad y decisión por parte de la organización o movimiento levantado en armas de abandonarlas

Todo proceso de negociación para la resolución de conflictos debe excluir a quienes aspiran a servirse de él para buscar visibilidades mediáticas o figuraciones ¨históricas¨; debe abrir espacios de máxima confidencialidad, discreción y reserva para momentos de crisis o tratamiento de temas complejos o delicados que puedan afectar o poner fin a la negociación.

Para que el proceso tenga posibilidad de éxito debe verificarse la genuina voluntad y decisión por parte de la organización o movimiento levantado en armas de abandonarlas, sin que ello signifique una ¨revolución por contrato¨ como muy bien lo definiera en su momento el ex presidente López Michelsen y que en otras palabras significa obtener por la vía del acuerdo lo que no se ganó en el campo de batalla. Tenemos dos ejemplos recientes de estas graves falencias para cualquier negociación; el caso de las disidencias de las FARC que ponen en evidencia la ausencia de voluntad y sinceridad en el compromiso por la paz, especialmente en lo que atañe a Iván Márquez, ya que fue él quien condujo la mayor parte de la negociación, y el caso del ELN que pretende por la vía de atentados terroristas obtener mayores ventajas que las que se establecieron, injustificadamente, para algunos temas, en los acuerdos con las FARC. 

Obviamente uno de los objetivos de una negociación y de un acuerdo con una organización armada es que ésta no solo deje las armas sino que se reintegre para fortalecer el sistema democrático. En este sentido conviene estimular que mantengan y profundicen sus posturas críticas o de oposición al modelo político e incluso que brinden alternativas al mismo mediante un fuerte apoyo popular o electoral. Sin embargo, conviene implementar un monitoreo que permita constatar el alejamiento progresivo de posturas extremistas o fundamentalistas. Un análisis de las actitudes, declaraciones y acciones de Jesús Santrich e Iván Márquez desde un año antes de su retorno a las armas permitían prever que estos incumplirían los acuerdos para volver a las armas. También es imprescindible que los abusos o delitos cometidos por miembros de la fuerza pública contra integrantes de las organizaciones firmantes de acuerdos de paz sean esclarecidos y castigados ejemplarmente.

Rafael Pardo Rueda: ¿En su opinión, por qué no fue igual con las FARC? ¿Y cómo cree que podríamos reconciliarnos en medio de las diferencias?

Everth Bustamante: En mi opinión son muchas las diferencias que existen entre el acuerdo de paz con el M-19, el cual generó un amplio consenso y fue totalmente exitoso, y el acuerdo de la Habana con las FARC que no logró ningún consenso y, todavía, mantiene dividido al país. Entre las muchas diferencias que existen entre los dos procesos solo me referiré a un aspecto de fondo que, considero, ayuda a entender por qué no fue igual con las FARC.

Jaime Bateman, antes de fundar el M-19, estuvo en las FARC muy cerca de Manuel Marulanda y luego se fue a lo que en ese entonces se conoció como la Unión Soviética con el propósito de familiarizarse con la ¨realidad socialista. A los pocos meses regresó decepcionado con lo que vivió en su corta estadía y la cúpula del partido comunista colombiano desató una persecución contra él calificándolo de desertor e infiltrado de la CIA.  

La revolución política, por medio de las armas, entendida como cambio de paradigma para superar las condiciones de atraso, pobreza, desigualdad y miseria, por lo menos en el último siglo, no ha sido exitosa en ninguna parte del mundo.

Su conocimiento de la realidad del país y su temperamento caribe lo motivaron para levantar una crítica a la visión dogmática y obsoleta que ya, desde entonces, caracterizaban a los partidos comunistas alineados con el modelo soviético. Una de las grandes dificultades que tuvieron los cerca de diez procesos de negociación con las FARC y que aún arrastra el acuerdo que se concretó en la Habana es el concepto de Revolución. Este es un término más bien genérico que se ha utilizado con bastante superficialidad por movimientos de diverso orden ideológico y político especialmente en países de Asia, África y América Latina y particularmente en el caso colombiano por todos los movimientos guerrilleros y con mayor reiteración por parte de las FARC. La revolución política, por medio de las armas, entendida como cambio de paradigma para superar las condiciones de atraso, pobreza, desigualdad y miseria, por lo menos en el último siglo, no ha sido exitosa en ninguna parte del mundo. La Revolución Rusa, la China y todos los intentos que han tenido lugar en los tres continentes han dejado montañas de muertos y pocos son los problemas estructurales que han sido resueltos.

El redentorismo de todo tipo ha hecho mucho daño, pero particularmente el redentorismo violento, que han encarnado varias organizaciones guerrilleras entre ellas, de manera especial las FARC, ha sido trágico.

Esta concepción, particularmente en el caso de las FARC, al considerar que el destino los ha colocado como los portadores de la salvación de la patria, indudablemente obstaculiza la concreción o el desarrollo de cualquier acuerdo de paz. Baste con releer todas las declaraciones que sobre el tema de la Jurisdicción Especial de Paz (JEP) hicieron durante la negociación los dirigentes de las FARC que concebían dicha jurisdicción como el escenario para juzgar a toda la dirigencia tradicional responsable, según ellos, de todas las tragedias del país. Y no se diga en el caso de la delirante arenga de Iván Márquez para notificar al país que si la violencia de las FARC en los últimos cincuenta años no había sido suficiente la de su disidencia sí pondría de rodillas a todos los colombianos.   

Entender que en la historia de Colombia hemos tenido todo tipo de revueltas, de rebeldías, de inconformidades, de levantamientos, justificables o no, que no acumulan suficientemente para producir condiciones de un cambio de paradigma político revolucionario no ha sido fácil. El redentorismo de todo tipo ha hecho mucho daño, pero particularmente el redentorismo violento, que han encarnado varias organizaciones guerrilleras entre ellas, de manera especial las FARC, ha sido trágico.

Las diferencias han existido, existen y muy seguramente seguirán existiendo en nuestra sociedad. Sin embargo, todas estas diferencias podrán atenuarse hasta encontrarnos en un escenario de reconciliación si entre todas las fuerzas sociales, económicas, políticas, religiosas, ciudadanas, de género, etc, más allá de las coyunturas electorales, abrimos un gran periodo de transición hacia un modelo de democracia que nos interprete y con el cual todos nos sintamos identificados. No se trata de una reforma constitucional o de adoptar una nueva, es probable que como resultado de ese gran proceso de transición se adopte un nuevo pacto o contrato social, pero lo importante es que los dos o tres gobiernos por venir lideren el desarrollo y la implementación de dicha transición. Podría ser una especie de Nuevo Frente Nacional que integre a todos y defina concertadamente las metas de orden social, económico y político pero, especialmente, que conduzca al país a su ingreso definitivo a la gran Revolución, esa sí paradigmática, científico tecnológica con sus indetenibles impactos sobre el trabajo humano, la salud, la educación, las nuevas formas de relación, los hábitos y las costumbres de todos los colombianos.

¡No se pierde nada si lo intentamos!

Rafael Pardo Rueda: ¿Por qué transitó de la izquierda a la derecha? ¿En qué cosas cree hoy y en cuáles de las que creía ya no cree?

Everth Bustamante: No se puede haber transitado de donde uno no ha estado a donde uno no ha ido. Nunca milité en el marxismo-leninismo, ni en sus expresiones partidarias del comunismo o el socialismo, ni en sus derivaciones populistas tan en boga hoy en Colombia y América Latina. Tampoco milité en movimientos o partidos que en su conjunto se puedan denominar de derecha.

La utilización indiscriminada de términos genéricos como izquierda o derecha busca, en el mundo y en la Colombia de hoy, tensionar y exacerbar polarizaciones y desatar miedos y temores que no existen en la realidad cotidiana de las personas. Estas afirmaciones no son otra cosa que un desvarío en estos tiempo de fake news promulgadas por contradictores refugiados en la complejidad de la mentira. También dentro de la lucha por la democracia es imprescindible restaurar nuestra fe en el valor de la verdad y su importancia en el mundo de hoy.    

Desde mi niñez y juventud fui formado en una familia de pensamiento liberal, mi padre era un librepensador, militante del movimiento literario piedracielista, profundamente humanista que surgió en Colombia en el año 1.925. A los diez años me regalo dos libros inolvidables que marcaron mi vida, Guerra y Paz de León Tolstói y Las Mejores Oraciones de Jorge Eliecer Gaitán. En un contexto así solo podía transitar un camino: el de la democracia, aunque en un tramo de ese camino preferí el atajo de las armas, me equivoque ya lo he dicho, pero luego, hace más de treinta años volví al sendero democrático. Siempre he creído en la democracia con todas sus falencias, vacíos e imperfecciones, evidentes desde su invención en Atenas, en el siglo V antes de Cristo.  

La utilización indiscriminada de términos genéricos como izquierda o derecha busca, en el mundo y en la Colombia de hoy, tensionar y exacerbar polarizaciones y desatar miedos y temores que no existen en la realidad cotidiana de las personas.

Por supuesto, ya he reiterado que el concepto del uso de las armas y la combinación de las distintas formas de lucha en las que creí en un tramo de mi vida política y que abandoné hace más de treinta años, desde hace mucho tiempo fue desterrado de mi ideario político y siempre lucharé para que quienes se mantienen en armas renuncien a ellas e ingresen al camino de la democracia. 

Rafael Pardo Rueda: ¿En los últimos 30 años, desde la firma de los acuerdos de paz en el año 1.990,  cuál fue su experiencia política y qué logros o éxitos alcanzó en su actividad pública? 

Everth Bustamante: Haber regresado hace treinta años a la normalidad de un modelo político imperfecto, con grandes falencias estructurales, con una institucionalidad insuficiente, con enormes desigualdades, con muchas contradicciones y en especial con inexplicables vacíos y brutales debilidades democráticas se constituyó en un reto no solo ideológico y político, sino fundamentalmente en un reto humano y de vida.

Fue, por lo tanto, dada nuestra decisión y voluntad, un momento esperanzador cimentado en los cambios que nos proponíamos impulsar. Y así fue en una primera etapa; se desató un movimiento estudiantil y ciudadano arrollador que abrió las puertas de una convocatoria para la conformación democrática de una Asamblea Nacional Constituyente. Participamos con una lista de representación pluralista y obtuvimos la tercera parte de los escaños constituyentes con un amplio respaldo ciudadano. Este resultado fue una prueba contundente de la penetración que había alcanzado el M-19 en el corazón y la mente de cientos de miles de ciudadanos. Se conformó una Presidencia constituyente tripartita que garantizó la participación de los partidos tradicionales, el liberal y el conservador, y el M-19 como expresión de la nueva realidad política. La carta adoptada finalmente fue un avance democrático, especialmente en materia de reconocimiento de derechos individuales y la creación de herramientas para garantizarlos y hacerlos realidad como fue el caso de la Tutela y se transitó de un sistema representativo a uno mucho más participativo, como se ha podido verificar a lo largo de estos treinta años, en cuanto al acceso a la gobernabilidad local, regional y nacional. Candidatos de movimientos ciudadanos y partidos distintos a los tradicionales pudieron ser elegidos a alcaldías y gobernaciones, como sucedió en Bogotá en repetidas ocasiones con la elección de Lucho Garzón, Samuel Moreno, Gustavo Petro y en otras ciudades y departamentos donde asumieron como gobernantes Antonio Navarro, Rosemberg Pabón, Jorge Iván Ospina y otros ex militantes guerrilleros.

Pero al poco tiempo, cuando se integró el nuevo Congreso de la República, del cual hice parte como senador, se manifestaron una vez más las prácticas y vicios de la vieja política antidemocrática. A la Alianza Democrática – M-19 se le excluyó de todas las mesas directivas y un Juez de la República intentó reabrir los casos de varios integrantes del M-19 que ya habían sido resueltos, dentro del marco del ordenamiento jurídico vigente, por la justicia Colombiana. El senador Álvaro Uribe, mediante la presentación de un proyecto de ley, contribuyó a reafirmar el respeto a los acuerdos por parte del Estado Colombiano.

De ahí en adelante, y hasta los tiempos actuales, hemos tenido que lidiar con las perversidades del sistema electoral, las prácticas clientelistas, la compra de votos, la presencia de dineros del narcotráfico y todo tipo de corrupción en la elección de cuerpos colegiados y cargos uninominales del orden municipal y departamental. En medio de este huracán de prácticas indeseables la Alianza Democrática – M19 se fue diluyendo y varios de sus dirigentes decidieron regresar a sus regiones para buscar el apoyo ciudadano en la gobernabilidad local o regional. Así fui elegido alcalde de mi ciudad natal Zipaquirá en el año 2000, que para mí fue una experiencia fascinante en el proceso de toma de decisiones y realizaciones palpables, como la creación de un fondo accesible a pequeños y medianos emprendedores que crearon empresas que florecieron y se han desarrollado con el transcurso del tiempo; la creación de una renta a perpetuidad originada en el turismo nacional e internacional que permite inversión permanente y sostenibilidad de la infraestructura urbana mediante la construcción de parques, peatonales y servicios de espacio público donde conviven democráticamente todos los sectores de la ciudad, lo mismo que el rescate de la memoria histórica como el caso de la plaza de los comuneros donde se subyugó el primer acto de libertad e independencia liderado por el movimiento comunero; el refugio de Antonio Nariño cuando publicó los derechos del hombre y la vida de García Márquez para obtener su título de bachiller.

En mi condición de Consejero Presidencial para las regiones contribuí en el fortalecimiento de la Consulta Previa con las comunidades indígenas y población afro descendiente en los proyectos de explotación minera y petrolera que afectaran sus territorios. Y como Director nacional de Coldeportes impulsé la adopción, entre muchas otras decisiones favorables al sector, del Plan decenal del deporte que a lo largo de la presente década estimulo el posicionamiento panamericano y mundial del deporte colombiano.  

Todos estos y muchos otros, que no he mencionado, representan pequeños logros en mi actividad pública durante estos treinta años posteriores a la firma de los acuerdos de paz. Han sido pequeños logros en el contexto de una democracia débil y limitada, pero que sirven para creer que se pueden abrir grandes esperanzas si las nuevas generaciones entienden que sin recurrir a la fuerza de la violencia y mediante un trabajo duro, persistente y persuasivo, podremos construir una democracia más sólida y consistente que nos dignifique como seres humanos y como país.

Rafael Pardo Rueda: ¿Cómo ve el futuro de Colombia?

Everth Bustamante: Respecto del futuro de Colombia soy moderadamente optimista. No me quitan el sueño los vaticinios que algunos calenturientos hacen sobre la proximidad de tragedias inspiradas en modelos políticos de izquierda o de derecha. 

Pienso que las convicciones sociales y los hábitos culturales que no han podido ser horadados por la política, sumados a la alta capacidad de aguante y resiliencia de los colombianos operan como una especie de muro de contención frente a los desafueros de cualquiera de estos dos extremos.

El único riesgo real que tenemos, tal como ha sucedido en otros países de América Latina, es que se incube el gusanillo del populismo, que al igual que la roya negra, termina produciendo un efecto destructivo en el conjunto de la sociedad. El populismo no es un referente ideológico o político que guarde cierta claridad o coherencia, sino que es una práctica demagógica que apela a las emociones, las pasiones desmedidas, el miedo y las mentiras como herramientas eficaces para socavar cualquier modelo democrático.

Durante los próximos años vendrán avalanchas de innovaciones científicas y tecnológicas que cambiarán la vida de las personas individualmente consideradas. La política se está quedando rezagada frente a estos cambios y, por lo tanto, serán los nuevos paradigmas de esta naturaleza los que le traerán a la sociedad cambios económicos y sociales. 

En nuestra Colombia del siglo XXI todavía no se observa, hasta el momento, la existencia de una corriente de pensamiento, ni mucho menos una corriente política, que se coloque a la altura de estas nuevas exigencias. Ojalá que por este camino seamos sorprendidos y nos lleguen vientos frescos de una necesaria renovación política de amplio contenido democrático.

Everth Bustamante García

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