La ética de las convicciones y la ética de las responsabilidades en el M-19

Conversatorio del 4 de noviembre. Ciclo de charlas de Seminario Universidad de los Andes y Comisión de la Verdad.

La primera pregunta del conversatorio se refirió a los dilemas que en su momento tuvieron que enfrentar los panelistas como actores revolucionarios: ¿enfrentaron un dilema entre la ética de las convicciones y la ética de la responsabilidad? y, una vez integrando el grupo guerrillero, ¿cómo debatieron al interior de su grupo sobre este dilema?

Everth Bustamante se refirió en líneas gruesas al contexto y los antecedentes que lo llevaron a iniciar su participación activa en política, hasta llegar unos años más tarde a formar parte del M-19.

Bustamante viene de una familia de origen liberal, que estuvo siempre inmiscuida y preocupada por la problemática social de su época. Su entorno siempre lo llenó de motivaciones para participar en política. Por eso dio sus primeros pasos desde muy joven. Con apenas 15 años, se unió a las juventudes liberales.

Su experiencia y trayectoria le fueron permitiendo conocer diferentes movimientos y corrientes de pensamiento. Tuvo una cercanía temprana con una pluralidad de organizaciones de izquierda, de diferentes tendencias. Sin embargo, las ideas que finalmente terminaron calando en él, o «arrastrándolo», como él mismo lo dice, fue la fuerza de la acción de las masas sociales.

El 19 de abril de 1970, fue elegido concejal de su ciudad natal, Zipaquirá, y esa misma noche se convirtió en el líder de la ANAPO de ese municipio. Vincularse a ese gran movimiento popular, le permitiría coincidir, algunos meses más tardes, con personajes provenientes de diferentes corrientes ideológicas, que habían leído en lo sucedido el 19 de abril un fenómeno de masas sin antecedentes en la historia del país. Entre esos, Jaime Bateman, Álvaro Fayad, Carlos Pizarro y Jorge Iván Ospina.

El triunfo popular efervescente de aquel 19 de abril derivó en la confluencia de personajes revolucionarios que estaban en una búsqueda social y política, al encontrarse insatisfechos y hastiados con la experiencia guerrillera que habían vivido: su actitud era crítica hacia al militarismo de las guerrillas, a las purgas internas y a la rigidez ideológica que no consultaba la cultura colombiana.

La ANAPO, a su vez, estaba buscando lograr una confluencia robusta en el ámbito de lo político, que tuviera la capacidad de hacerle frente al bipartidismo existente y que permitiera prevenir el riesgo de que ocurriera algo como lo ocurrido en aquellas elecciones a la Presidencia de la República. En esa corriente anapista confluyeron personajes como Carlos Toledo Plata, Andrés Almarales e Israel Santamaría.

En ese contexto, se sostuvieron discusiones a fondo que culminaron en decisiones determinantes. Llegaron a la conclusión, por ejemplo, que los triunfos populares había que defenderlos por la fuerza. Al mismo tiempo, la estrategia se combinó con la participación en la arena política: la ANAPO siguió funcionando, al punto de constituir un factor determinante en la campaña de María Eugenia Rojas en 1974, cuando enfrentó a López Michelsen.

Así se fue consolidando esa importante Organización, que reivindicaba la necesidad de utilizar la fuerza para defender el triunfo popular, al tiempo que crecía en medio del fenómeno popular de la ANAPO.

Sin embargo, con el paso del tiempo se comenzaron a confundir los propósitos. Se dio toda una discusión alrededor de si lo más importante era fortalecerse en el escenario político y buscar la Presidencia de la República, o si lo era avanzar por el camino de los fusiles.

En esa época, el M-19 ya tenía un ala legal y otra clandestina. El ala legal estaba en la ANAPO, en una corriente que se denominó “la ANAPO socialista”. Ese sector conformó la dirección del M-19, en conjunto con la facción que estaba en la ilegalidad. De la organización político militar que finalmente se conformó, el 50 % de sus miembros eran de la ANAPO y el otro 50 % del M-19, que estaba en la clandestinidad.

En el centro de las discusiones al interior del movimiento, se encontraba siempre una visión de país más “nacional”, que se derivó de la participación en el escenario político de la ANAPO. En tal sentido, los referentes de discusión no eran el Marxismo-Leninismo, pese a que algunos de los representantes más importantes de la facción clandestina si venían de esas líneas ideológicas.

El M-19 es una organización político-militar No Marxista. Conforme fue pasando el tiempo, el M-19 tomó finalmente la decisión de fortalecer su brazo militar, al percibir que la estrategia política a través de la ANAPO era insuficiente y no estaba dando los frutos esperados. En la búsqueda de alcanzar objetivos como la lucha por la justicia, contra la pobreza, por la igualdad, se fue cayendo en una trampa: el uso de la fuerza, en la ilegalidad.

Fue necesario que transcurrieran 10 años para que el M-19 entendiera que la vía de la fuerza no era el camino correcto. La pregunta que se planteó al interior del movimiento fue si era posible llegar al triunfo por la vía militar, desde un enfoque no solo logístico, táctico, sino también ético.

El pensamiento del M-19 hasta ese momento estaba orientado por la ética de las convicciones; aquella de la firmeza y creencia decidida en los ideales revolucionarios. El tiempo, no obstante, le fue abriendo espacio a la reflexión, lo que terminó posteriormente en una autocrítica y un viraje hacia una nueva concepción sobre el camino a transitar para lograr los resultados esperados: una ética de la responsabilidad. El 04 de octubre de 1989, en un encuentro que tuvo lugar en el departamento del Cauca, se tomó la decisión unilateral de dejar las armas. Esta decisión no fue producto de un diálogo con el Gobierno de la época, fue una decisión adoptada al interior del movimiento por sus máximos exponentes.

Fue esta una decisión tomada a partir de la reflexión de que la ética de las convicciones los estaba conduciendo a una especie de infierno y que tenían que ser responsables: la ética de la responsabilidad. El uso de las armas no era el camino para superar los problemas del país.

Darles primacía a los fines, independientemente de los medios a los que se decida acudir para alcanzarlos, por encima de lo que sería deseable, ¿es también un problema que se presenta a los actores políticos que hacen parte del Estado?

¿Podría decirse que los fracasos estratégicos de los actores del conflicto son la condición de posibilidad de la transformación de sus convicciones?

Para Everth Bustamante, la frontera que permite diferenciar el comportamiento ético de quienes se levantan en armas, producto de unas convicciones determinadas y de quienes están del lado de la institucionalidad, de la Constitución y el sistema normativo, es gris.

Ahora bien, más allá de los valores éticos, el sistema judicial también está para juzgar los excesos del Estado. En el caso de quien se levanta en armas y decide utilizar aquella vieja consigna que reza que el fin justifica los medios, el cuestionamiento ya es fundamentalmente de orden ético, aunque también legal.

Ahora bien, en palabras de Max Weber, el M-19 pasó de la “ética de la convicción” a la “ética de la responsabilidad”, a diferencia de los ideales y procederes de otros movimientos guerrilleros de la época, como las FARC.

La diferencia de los 27 años transcurridos desde el momento en que el M-19 tomó la decisión de entregar las armas, frente al Acuerdo de la Habana del Gobierno de Juan Manuel Santos con las FARC, es de más de 13.000 muertos, 3.500 secuestrados y 14.000 niños reclutados ilegalmente. Esa es la consecuencia de los actos, de la responsabilidad. Entonces, no sólo es un tema ético, es también de responsabilidad.

¿En qué debate o pensadores considera que se inspira el M-19, teniendo en cuenta que señaló que era una organización más político militar que marxista?

El exsenador del Centro Democrático replicó que, en cuanto al cuerpo ideológico que abrazó el M-19, había que tener en cuenta que lo que motivó inicialmente su aparición fue el resultado de un proceso de ruptura, tanto de quienes provenían de grupos guerrilleros, respecto de las organizaciones a las que pertenecieron, como de quienes estaban en la ANAPO, en rechazo a la forma como se había escamoteado el triunfo popular en las urnas. Este aspecto marca una diferencia sustancial del Movimiento en lo que atañe a su surgimiento, frente a otras organizaciones guerrilleras de América Latina.

Jaime Bateman -añadió-, el fundador más activo del M-19, siempre planteó que se debía rescatar el pensamiento Bolivariano. Por eso es que simbólicamente una de las primeras acciones del M-19 fue recuperar la Espada de Bolívar, resguardada en la Quinta de Bolívar. Había una base conceptual anidada en ese pensamiento. El M-19, inclusive, adoptó un himno que consiste en un canto libertario a Simón Bolívar.

La entrega de las armas fue una liberación del dilema de las consecuencias y una forma de privilegiar la responsabilidad. ¿Esto tiene que ver con un cambio profundo o repensar crítico de sus convicciones?

Para Bustamante la respuesta es afirmativa. Considera que las sociedades o sistemas políticos de pensamiento único, donde prevalece el unanimismo, donde lo oficial es lo que dice el Estado, desde las instancias de Gobierno, no hay espacio para el libre albedrío, para la controversia, para el pensamiento.

Considera que, por lo tanto, el derecho a equivocarse es propio de las sociedades democráticas. Se puede cometer una equivocación y asimismo replantear el actuar. Ese es un acto liberador del pensamiento humano. Las cosas cambian y obligan a adoptar nuevos enfoques. Por eso, considera que la posibilidad de reflexionar, de discutir con plena libertad, permite que los enfoques cambien, que se reconsideren.

Es lamentable que el M-19 hubiera terminado disuelto, considerando todas las potencialidades políticas que tenía. Sin embargo, su decisión de entregar las armas en esa época, hace 30 años, desembocó en un hecho histórico muy importante: la Asamblea Constituyente de 1991, que terminó con la promulgación de la Constitución Política ese año, que canalizó varias de las ideas que había planteado el M-19 desde que estaba en armas.

Cuando el M-19 entendió que tenía más aceptación entre los colombianos si dejaban las armas, lo hicieron. La prueba de ese éxito, que fue el premio de la sociedad, fue el resultado electoral de 1991, cuando escogieron a una tercera parte de los constituyentes.

Frente a la legitimidad de la violencia revolucionaria y la violencia estatal, ¿hay diferencia entre la legitimidad del impacto generado por los grupos guerrilleros y el generado por el Estado? ¿Es diferente la responsabilidad de los grupos revolucionarios y la responsabilidad estatal?

Por supuesto que sí, replica Bustamante. Los movimientos en armas están en insurgencia. Las fuerzas que se levantan en armas lo hacen contra la institucionalidad, contra la constitución. Buscan la ruptura del sistema existente, para derrotarlo militarmente.

Conversatorio del 4 de noviembre. Ciclo de charlas de Seminario “No matarás: reflexiones sobre la violencia revolucionaria”, organizado por los departamentos de Ciencia Política e Historia de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de los Andes y por la Comisión de la Verdad.

En la sesión transmitida en vivo se discutió acerca del dilema de la ética de las convicciones y de las consecuencias. Los invitados fueron también Alexa Rochi, fotógrafa, exmiembro de las FARC y el senador Gustavo Petro, exmilitante del M-19, quien no asistió.

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